Fundació Privada Sant Antoni Abat | La atención a personas liberadas y en riesgo de exclusión, un aspecto clave de la labor de la Fundació Sant Antoni Abat
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La atención a personas liberadas y en riesgo de exclusión, un aspecto clave de la labor de la Fundació Sant Antoni Abat

La Fundació Sant Antoni Abat dispone desde diciembre del año pasado de una vivienda dirigida a personas en riesgo de exclusión social. Este programa, bajo las siglas APRES, está destinado en parte a personas que acaban de salir en libertad y que necesitan un acompañamiento inicial para intentar rehacer sus vidas. La Fundacióles ofrece asistencia tanto por parte de los profesionales, que elaboran un plan de trabajo individualizado para cada usuario, como de los voluntarios. El objetivo es, en primer lugar, que se sientan acompañados en un momento muy complicado. Pero se trabajan aspectos como los hábitos cotidianos, la prevención de adicciones, la búsqueda de formación y trabajo, etc. La estancia de los usuarios en esta vivienda es siempre temporal, de entre uno y tres meses. Las cuatro plazas destinadas a personas liberadas se complementan con dos más dirigidas a personas provenientes de la emergencia social. El proyecto se lleva a cabo en colaboración con la Dirección General de Servicios Penitenciarios de la Generalitat, con respecto a los usuarios liberados, y con los Servicios Sociales del Ayuntamiento de Vilanova, con respecto a la emergencia social.

 

La Fundación quiere promover la labor de los voluntarios con las personas que recuperan la libertad. Raimon Serret, voluntario de prisiones, explica que “para mí, el trabajo del voluntario es ir junto a los internos, que son personas privadas de libertad porque han delinquido, personas que se han equivocado. La raya puede ser a veces muy fina, dependiendo de muchas circunstancias como, por ejemplo, si alguien ha denunciado o no. Esta persona no quiere que le cuentes cómo se debe ser, sino que hay que caminar a su lado”. Serret, que también es miembro de la Comisión Consultiva de la Fundació Sant Antoni Abat, considera que “un voluntario es alguien que acompaña en todos los aspectos de la vida a una persona privada de libertad. Debe tener un mínimo de formación”. Por ello, se organizan cursos donde los futuros voluntarios aprenden el funcionamiento del sistema penitenciario. “El voluntario se convierte en la familia que no puede acompañar al interno dentro. Cuando alguien entra en prisión queda estigmatizado, pero no sólo él, sino también la familia. A nadie le gusta tener un familiar, un padre, un hermano, en prisión. La condena la cumple quién está dentro, pero también los que están fuera”, explica Raimon Serret.

 

¿Pero en qué consiste el trabajo de un voluntario en los centros penitenciarios? “La prisión es un mundo duro”, apunta Serret, “con unas normas no escritas. Y la desconfianza es algo común en la mayoría de personas. Por ello, tener una persona de confianza dentro de la prisión, que además no cobra como los funcionarios ni uniformado, puede relajar mucho al interno”.

 

Un voluntario social es aquella persona que acompaña al interno dentro de la prisión y se convierte en su referente de confianza. Se crea una relación muy estrecha, que funciona dentro de la cárcel. Pero que pasa cuando el interno sale? Dentro, el acompañamiento está muy acotado, muy marcado, con unas normas. Cuando salen a la calle, estas personas han perdido la agilidad de relacionarse con los demás, la mayor parte salen asustados. Y son muy frágiles. “Cuando una persona hace muchos años que está dentro, se le empieza a hacer una montaña la proximidad de la libertad”, dice Serret. “Debería estar contento, pensamos, pero no lo está. Si entró hace 14 o 15 años en prisión, ahora no sabe con qué se encontrará. Ya ni se acuerda de la libertad. En este sentido, es muy importante la labor de los profesionales, que hacen un seguimiento diario de los usuarios. Junto con ellos, el voluntario de exterior”, dice Serret, “recogerá a esta persona y le hará tomar el carril de aceleración en la autopista de la vida. En un tiempo relativamente corto, hay que conseguir que esa persona vaya cambiando sus hábitos. Este es el papel de la Fundació”. El perfil del voluntario externo, pues, debe ser diferente al del interior del centro penitenciario. Debe dar confianza y acompañamiento, pero también tiene que acompañar en la vida real: hacerse un DNI, pedir la pensión de excarcelación, acompañar a la búsqueda de trabajo, etc. “Si tiene algún problema de adicción, hay que apoyarlo. Todo es acompañamiento. Si no se hace un seguimiento después de salir de la prisión, lo que estamos haciendo es impulsarlos a delinquir el primer día que tengan dinero en la mano. No están acostumbrados a tener nada, para ellos 600 euros son una fortuna”, señala Raimon Serret.

 

Es recomendable que el voluntario que atiende la persona que acaba de recuperar la libertad no sea el mismo que ha trabajado con él dentro de la prisión. “Hay que trabajar con un equipo de personas”, explica el voluntario. Si el nivel de confianza que tienes dentro se lo das fuera, se crea un vínculo demasiado fuerte.”

 

Para dar este servicio global, siempre bajo la guía y la tarea de los profesionales, debe haber un espacio, un recurso, y éste es el papel que juega la Fundació Sant Antoni Aba, con su vivienda dirigida a personas en riesgo de exclusión social.

 

Serret añade que “hay que hacer esto con formación, si no, no funciona”. Hoy, el servicio de los voluntarios de prisiones está muy orientado hacia la vertiente cristiana. Serret cree que uno de los objetivos de la Fundació Sant Antoni Abat debería ser un paso adelante y recoger todo tipo de sensibilidades y de creencias. “Yo creo en el voluntariado, creo que debe haber una institución que recoja todas las sensibilidades y las canalice, no que las monopolice, y que dé este tipo de servicio en los centros penitenciarios y en el exterior. Y pienso que la Fundació tiene mucho que decir en este sentido”.